Puig Massanella

/ agosto 12, 2023/ Naturaleza/ 0 comentarios

Es una fría mañana del mes de enero. Me dirijo con mi vehículo a la población de Inca y desde allí, por la carretera que lleva a Lluc, asciendo hasta el Coll de sa Bataia. Este es el punto donde mi buen amigo Xisco me recomienda dejar el coche, justo en las proximidades de una gasolinera. Unas nubes de tono oscuro amenazan con echar al traste mi ascensión al Puig de Massanella. Espero que me respete —me digo a mí mismo.

ES GUIX

Comienzo a caminar por la misma carretera, pero en sentido inverso a mi llegada en coche. El silencio sería absoluto si no fuera por el crepitar de las hojas de los árboles que el leve viento mueve. Cruzo un torrente por un puente y, tras una curva a la izquierda, tomo a la derecha un camino de tierra que asciende. La subida es moderada pero continua. No me detengo, consciente del largo camino que todavía queda por delante, y un confortable calor recorre mi cuerpo pese a que la temperatura parece ir en descenso. Atravieso el portillo que da acceso a la posesión de Es Guix. Tras mi paso, cierro la pequeña puerta improvisada con unos tablones de madera y tomo el camino que sube serpenteando. Llego a la Font d’Es Guix. Un fino hilo de agua brota de su caño y, aunque la sed todavía no ha requerido mi atención, refresco mi boca en ella.

COMAFREDA

Continúo hasta llegar a una bifurcación del camino. Tomo la que continúa a la derecha, girando casi 180 grados. En realidad, sigo el mismo camino y dejo atrás otro que continúa de frente. Atravieso un espeso bosque de pinos y encinas. La humedad trata de colarse bajo mi ropa de montaña y aprieto el paso. Llego a un segundo portillo, el que da acceso a la posesión de Comafreda. Pese a haber una robusta escalera hecha con tablones de madera que sortea la valla, decido atravesarla por la puerta anexa, también de madera. Un pequeño valle se abre por delante. El camino transcurre paralelo a un torrente flanqueado por una pared seca. Tras ella, observo las casas de piedra de Comafreda. Me pregunto si estarán habitadas… Al frente, imponente, se muestra Es Frontó. Una pared vertical de roca cuya cima se eleva hasta los mil sesenta metros de altura. Tras ella, unas nubes oscuras amenazan con descargar toda el agua que acumulan. Con la ayuda de mi mapa, puedo imaginar la cercanía del Massanella, que se esconde tras el gigantesco peñasco.

COLL DE SA LÍNEA

En una nueva bifurcación del camino dejo el que sale a la derecha, que lleva a las casas, y continúo bordeando la pared seca. A pocos metros, el camino se convierte en una senda que asciende a través de un frondoso bosque de encinas. Durante el camino encuentro varias carboneras, señal de que en aquellos bosques la explotación del carbón vegetal era una importante actividad. La senda desemboca en una pista forestal que tomo a la izquierda hasta llegar al Coll de sa Línea. Situados en la pequeña explanada, dos mojones de piedra indican las direcciones a seguir hacia “Mancor” (recto) y el “Puig” (derecha). Avanzo entre los dos mojones tomando la senda que asciende, al principio con pendiente suave y después más empinada. A medida que voy ascendiendo, la vegetación se hace menos frondosa. El tupido bosque deja paso a la vegetación de arbustos leñosos y carrizo, señal de que la altura es ya considerable.

FONT DE S’AVENC

Llego a una bifurcación de la senda. Un mojón de piedra indica dos direcciones: «←Font-Puig, Puig-Font→». Ambas llevan a la cima, pero por la izquierda (Font-Puig) lo hace pasando por la Font de s’Avenc. Esta última opción es la que me parece la más amena para la fuerte subida que me espera. No me equivoco y la senda asciende sin apenas complicación en cuanto a orientación. Una zona rocosa me conduce a una nueva vertiente de la falda de la montaña. Después de atravesar una zona de suave pendiente poblada de matorral y alguna que otra encina aislada, comienzo a ascender por una escarpada pendiente de roca kárstica hasta que llego a la Font de s’Avenc. La fuente se encuentra escondida en la profundidad de una pequeña cavidad. Desde la angosta abertura se percibe un leve sonido de agua brotando. La oscuridad no me deja divisar el final y dudo antes de avanzar. Saco de mi mochila una pequeña linterna y, con su ayuda, comienzo a descender los escalones que se dirigen al fondo, donde se encuentra el surgidor.

PUIG DE MASSANELLA

Tras un breve descanso, continúo la subida escalando por las rocas en un fuerte pero breve ascenso. Ahora me dirijo hacia un pequeño torrente que, sin llegar a cruzar y paralelo a él, sube una senda que el paso de excursionistas ha dejado marcada. Un nuevo mojón, casi llegando, me indica que estoy en el camino correcto. En cualquier caso, la visión del vértice geodésico a la derecha de un collado es la mayor garantía de que la culminación de la ascensión va por buen camino. Tras una larga subida, llego finalmente a la cima del Puig de Massanella, a 1352 metros de altitud. Han pasado dos horas desde el comienzo de la ascensión.

En la cumbre, recupero el aliento del esfuerzo de la última rampa. El frío obliga a abrigarme. Y en el silencio, me descubro a mí mismo, lejos del mundanal ruido. Las nubes se mantienen amenazantes en lo alto, pero mi intuición me dice que no lloverá. Las vistas son espectaculares: a los pies, un valle que se extiende desde Comafreda hasta las inmediaciones del macizo des Tossals Verds; tras él, a lo lejos, la figura cónica del Puig de L’Ofre; hacia el oeste, la cima del Puig Major y a sus pies el embalse de Gorg Blau. Cerca de la cima, observo una sima de considerables dimensiones que inspecciono desde arriba con la debida precaución.

PLA DE SA NEU

Abandono la cumbre e inicio el descenso. Sin seguir una senda clara, me dirijo hacia un altiplano en dirección este: el Pla de sa Neu. Camino entre el carritx por una senda que me lleva hasta un pequeño torrente que se precipita por una ladera rocosa. Durante el descenso por las rocas, debo ayudarme en ocasiones con las manos. Aumenta la tensión, pero el disfrute es máximo. Ahora me encuentro en una ladera más suave. La senda no se muestra clara y durante un momento me siento perdido: no sé por dónde seguir. Decido avanzar hacia una zona arbolada, intuyendo cuál podría ser el camino de bajada. Me adentro en el bosque y la senda vuelve a aparecer. La preocupación deja paso a la satisfacción. Sigo hasta que llego al mojón de piedra que, en la subida, indicaba la dirección hacia la fuente y que esta vez tomo de bajada. A partir de aquí, el camino es el mismo que de subida, pero en dirección contraria.

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